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La mujer en los textos conciliares

 

Después de clausurado el Concilio, hubo entre otras muchas cosas un coloquio con cuatro auditoras. A cada una se nos hizo una pregunta concreta. A mí me preguntaron cuál había sido la contribución de la mujer a las labores del Concilio. Contesté que nuestra preocupación mayor (por lo menos la mía) había sido la de evitar toda discriminación con respecto a la mujer(1)

Este criterio general nos pareció el más adecuado porque aún no estaban maduras las cosas para poder ir más lejos, y porque había que evitar la peligrosa tentación de dedicar a la mujer párrafos especiales. Recuerdo, que en una de las subcomisiones del Esquema XIII, (la futura Gaudium et spes) en la que participábamos algunos auditores, me llamaba mucho la atención, que cuando se hablaba de la persona humana se añadían algunos comentarios sobre la mujer, a la que se comparaba con las flores y los rayos del sol…Pedía la palabra para mostrar mi extrañeza, porque ello ponía de manifiesto que se identificaba al hombre varón con la persona humana, pero no  a la mujer. Se presentaba así, además, una imagen de la mujer que nada tenía que ver con la realidad de la vida ni con las aspiraciones de las mujeres del siglo XX.

Todo lo que dice la Gaudium et spes  es fundamental, porque lo hace a la luz de la fe, desde el Génesis al Evangelio.

El hombre y la mujer somos el ser humano, el ser humano es imagen de Dios (Gn 1,26).

«Desde el principio los hizo hombre y mujer (Gn 1,27). Esta sociedad del hombre y la mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas» (2).

Se proclama la igualdad radical de todos los hombre y se condena toda forma discriminatoria «ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión» (3).

Sintetizando, según los textos del Concilio, hombres y mujeres somos esencialmente igual, poseemos la misma dignidad e idéntica responsabilidad en la construcción y progreso de la comunidad humana y en el señoría del mundo.

Como Pueblo de Dios, pueblo de bautizados, todos poseemos la misma dignidad de hijos  de Dios e idéntica responsabilidad en la misión de la Iglesia.(4)

Me detengo aquí, ante esta declaración, tan fundamental y tan importante, porque debería haber dado motivo a la revisión de la persistente ambigüedad que desde hace siglos, viene manteniendo la Iglesia con respecto a la mujer.

Para la Iglesia existiría por naturaleza un orden jerárquico entre el hombre y la mujer que ha sido puesto en la creación por Dios mismo y se debe respetar como inviolable.

Según Santo Tomás, aunque se concediera a la mujer el orden sacerdotal este sería inválido, ya que por su sexo está subordinada al hombre y por tanto no puede ejercer el oficio de mediadora.

Cuando Pablo VI declaró a Santa Teresa y a Santa Catalina doctoras de la Iglesia, puntualizó que con ello no se contradecía el principio de que a la mujer no le corresponden funciones jerárquicas en la Iglesia.

Esta permanente ambigüedad (más bien contradicción) se podría enunciar así: se afirma el principio evangélico de igualdad absoluta de los sexos, a nivel de la vida sobrenatural, y se justifica una desigualdad a nivel práctico y disciplinario.

Estas declaraciones del Concilio, tuvieron una produnda influencia en todo lo relacionado con la dignidad del matrimonio. Porque la moral conyugal ha estado especialmente influida por el pensamiento de S. Agustín y de Sto. Tomás: la renovación de la doctrina del matrimonio dependía en gran parte de una «liberación» con respecto a la doctrina tradicional. Además, entre otros elementos en ella subyace un dualismo entre cuerpo y alma, y una disyunción entre el amor y la actividad sexual.

La idea de la mujer creada para ser ayuda del hombre en la procreación, determinaba aún recientemente la teología católica del matrimonio.

Y es contrario a la dignidad de la muer el ser considerada solamente en función del nombre, especialmente desde el punto de vista sexual.

Hay una enorme distancia entre el concepto de acto conyugal, de las precedentes generaciones, y el de las actuales. Entre otros datos la antigua concepción desconoce o debilita el carácter específicamente humano de la expresión sexual del amor conyugal. Con relación a toda esta materia, os invito a leer los número 14 y 49 de Gaudium et spes, por su profundidad y grandeza.

Estas cuestiones relacionadas con la vida conyugal, suscitaron, como era de esperar, gran interés y expectación, tanto dentro como fuera del Concilio. Llegaron a él desde fuera, múltiples aportaciones y gestiones, algunas muy positivas, que se tuvieron en cuenta.

Las auditoras y auditores, constituimos una comisión familiar animada por el matrimonio mejicano Álvarez Icaza. Se propusieron diversas enmiendas, y se dio el caso de que algunos padres no estaban de acuerdo con tres de ellas pero a pesar de todo y según consta en las actas, se mantuvieron, «porque han sido pedidas por los seglares».

Al tratar estos temas los padres tienen en cuenta la enseñanza de la Iglesia, pero sin embargo avanzan. Partiendo del designio de Dios y de su interpretación por la Iglesia, esclarecen de manera más viva y en algunos aspectos nueva, la condición de los esposos y de las familias, tal y como se presenta en el mundo de hoy.

Con respecto a la fecundidad en el matrimonio, manifiestan su profunda comprensión de pastores por tantos hogares que se encuentran con dificultad. Pero no hablan de los medios para realizar esta regulación. Los esposos, según el Concilio, cumplirán su deber de trasmisión de la vida, con sentido humano y cristiano, se trata de la paternidad responsable. 

Recordemos las divergencias y las tensiones que más tarde se manifestaron (y se siguen manifestando) cuando se promulgó la Humanae vitae y los puntos oscuros que aún subsisten.

Quiero señalar aquí algo que me parece importante: la manifestación una nueva actitud de la Iglesia conciliar, cuando algunos padres preguntan a los cristianos responsables, cómo viven las nuevas situaciones que les plantea la vida, sobre las que aún no se ha pronunciado la Iglesia. 

Es ésta una «sensibilidad nueva» en la Iglesia, sobre lo que podríamos llamar «dimensión magisterial de los laicos (5). Tal vez por esto Pablo VI nos llamaba a los auditores seglares «expertos en vida» (6).

Recuerdo también, que posteriormente, en una de las sesiones de trabajo de la Comisión que creó Pablo VI, para el estudio de la condición de la mujer en la sociedad y en la Iglesia (1973), una de las delegadas (mujer casada) dijo dirigiéndose a los teólogos y demás expertos: «Por favor, no sigan ustedes afirmando que en las relaciones matrimoniales, es el hombre el que da y la mujer la que recibe porque no es ésa la realidad». Al finalizar la sesión, un jesuita profesor de sexología, se le acercó y le dijo: «Señora, gracias por lo que ha dicho. Desde ahora en mis clases no volveré a hacer tales afirmaciones».

El Concilio abrió sin duda una perspectiva apasionante a la responsabilidad y al protagonismo del seglar en la Iglesia con relación al valor de su conciencia cristiana debidamente ilustrada y a su experiencia de vida en los campos que le son propios. Pero aquí, como en otras cuestiones, esta gran sorpresa que fue estimulada por el Espíritu, experimenta un bloqueo.

Volviendo a nuestro tema de la mujer podemos preguntarnos también, si desde el grandioso punto de partida del Concilio, con respecto a la dignidad de la mujer, la Iglesia ha seguido avanzando. Un capítulo de este libro se ocupa de ello y por esa razón yo termino aquí. Pero quiero hacerlo afirmando que concretamente con relación a la participación de la mujer en la vida de la Iglesia, aunque en la praxis ha existido un movimiento de progresiva incorporación a la misión y a la pastoral de la Iglesia, la cuestión de fondo sigue latente. Está ahí.

 

Pilar Bellosillo Un segundo Pentecostés,  El Concilio del siglo XXI, reflexiones sobre el Vaticano II, coordinado por  Joaquín Ruiz-Giménez, PPC, Madrid 1987, (pág. 49-61)

 

(1) Le Donne in Concilio. A Colloquio con la Auditrice in «Croniche e opinioni». XX. nº 12, Roma 1985.

(2) GS 12.

(3) Cif, 29.

(4) LG 10-11.

(5) El número 200 de Concilium, julio 1985, trata el tema del magisterio de los creyentes.

(6) A los miembros del Consejo de Laicos, 20 de marzo de 1970.

 

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Desafío de las mujeres creyentes

Con la experiencia y la reflexión de las mujeres, se está enriqueciendo la filosofía, la antropología y la teología. Ya no se trata de que solo los hombres hablen sobre nosotras, lo vamos haciendo ya nosotras mismas. La mujer se va abriendo camino en todos los campos del quehacer humano. Ni la sociedad, ni la Iglesia, son ya las mismas.

Esto nos está planteando a las mujeres creyentes un gran desafío, que es la exigencia de una profunda preparación en todas las disciplinas implicadas y, como creyentes, la profundización en nuestra fe, nada de frivolidades. Lo que estamos tratando de dilucidar es de otra naturaleza. Se trata de la reflexión humana, traspasada y transfigurada por el Espíritu. Cuando Jesús anuncia a sus discípulos la venida del Espíritu, les dice: «Mucho podría deciros aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16,12-13a). Y la experiencia que estamos viviendo nos dice…que estamos en camino. 

Pilar Bellosillo

Publicado en ‘Pilar Bellosillo, nueva imagen de mujer en la Iglesia’ pág. 344-345. Ed. San Pablo, Madrid, 2021

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Pilar Bellosillo, nueva imagen de mujer en la Iglesia

La segunda edición de un libro es siempre un motivo de alegría para los autores. Significa que su contenido sigue vigente, que es de interés, de actualidad, y que el lector desea seguir consultando la información que en él se describe.

(…) Pilar es símbolo de una época de la historia de la Iglesia española. Aunque no sea la única, ella fue la figura femenina emblemática más representativa de un cambio de época. No fue ella sola, los cambios históricos son demasiado importantes y nunca son producidos por una sola persona: siempre requieren un núcleo mayor o menor, de compañeras que ayuden, alienten y compartan tareas, iniciativas, triunfos y derrotas. A su lado estuvo siempre, y es de obligación debida reconocerlo, desde un principio, desde las primeras tareas, Mary Salas Larrazábal. Fue la amiga fiel que siempre la acompañó, discreta pero eficazmente. Fue quien junto con Pilar realizó las iniciativas que ambas creaban sobre todo en una primera etapa, pero siempre, recibiendo confidencias, comentando problemas, alegrías y disgustos.

Mary fue quien tuvo la idea de escribir este libro, porque ella era consciente de la importancia de la figura de Pilar, y de lo que había significado en una etapa especialmente importante tanto para la historia de la Iglesia universal como para la historia de nuestro país, España. Mary tenía la información fundamental, o sabía dónde encontrarla. Puedo decir que, juntas buscamos documentación, a veces de difícil acceso, y yo me ocupé, sobre todo, de la tarea de situar el contexto, sobre todo el español y también, en menor medida, internacional. Vayan las líneas anteriores como homenaje y recuerdo de quien fue no solo autora, sino también en gran parte coprotagonista, del contenido de este libro.

Teresa Rodríguez de Lecea (introducción a la segunda edición)

Aquí el enlace para ver la presentación online de la segunda edición del  libro Mary Salas Larrábal y Teresa Rodríguez de Lecea, «Pilar Bellosillo, Nueva imagen de mujer en la Iglesia» Ed. San Pablo.

 

 

 

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Pilar Bellosillo al habla

EL VALOR DE LA PERSONA

A nivel de los principios, la Iglesia afirma la dignidad personal de la mujer y su igualdad con el varón, aunque no siempre ha sido consecuente en las aplicaciones prácticas.  ¿Puede deducirse de ello que estos principios no han servido para nada? No, puesto que este reconocimiento de principio ha frenado abusos extremos que se han dado en otras sociedades y ha sostenido y pro­ movido siempre los valores de la persona. Una de las formas en que mejor se descubre la motivación evangélica es, sobre todo, en la primacía dada a la persona. El respeto a la dignidad humana es fundamental. Allí donde el hombre está en juego, la Iglesia está presente, porque está al servicio del hombre y de su realización integral.

Unánimemente se reconoce lo que el Cristianismo ha aportado al estatuto general de la mujer, especialmente con respecto a su dignidad y a su libertad, sobre todo en su vida conyugal y familiar. La Iglesia, a lo largo de los siglos, promueve la dignidad personal de la mujer, abre escuelas para chicas, defiende su libertad frente al matrimonio. La violación de esta regla hacía nulo el matrimonio. La Iglesia casaba y casa a menores sin permiso de sus padres o exigía un depósito de la novia, para evitar violencias. Sostiene igualmente a la mujer para elegir el celibato. En algunos aspectos y en casos extremos, daba más que lo usual en la época a nivel civil. Pero no menos unánimemente la iglesia ha favorecido en la práctica la conservación de un tipo tradicional de mujer. De alguna manera «sacraliza» la imagen de la esposa y de la madre.

 

LA FUERZA LIBERADORA DEL EVANGELIO

Pero lo importante es que lleguemos a las fuentes vivas de la fe. Y ahí lo que es cada día más evidente para el cristiano es la potencia de la fuerza liberadora del Evangelio. Cuando los cristianos la descubrimos y nos ponemos en contacto con ella ningún condicionamiento externo nos puede detener. Eso ha sido así desde la predicación del Evangelio, que con su dinamismo renovador contribuyó a la apertura del Espíritu de la Iglesia primitiva con respecto al papel de la mujer. Este mismo dinamismo continúa fermentando y se manifiesta en todas las épocas a lo largo de la historia cristiana en figuras tan destacadas como Sta. Catalina de Siena, Sta. Teresa, San Francisco de Asís… Pero también ha existido a través de personas anónimas y existe igualmente ahora.

Puedo aportar mi testimonio personal y el de tantas mujeres que en el mundo entero han descubierto en su fe la fuerza y la esperanza para luchar por la liberación de la mujer, por la liberación de los oprimidos. No han descubierto esta fuerza a partir de otros argumentos, aunque los respeten sino directamente del Evangelio. Porque para ellos Jesucristo es la imagen perfecta de Dios y al mismo tiempo de la «nueva humanidad», de la humanidad recreada». Él es el centro absoluto de la vida humana. Cristo nos libera, libera a la mujer, libera a los que sufren alguna forma de opresión de las consecuencias del pecado que bloquean y condicionan la comprensión y la realización de la dignidad y de la igualdad original de todos los hombres.

«Pilar Bellosillo, Nueva imagen de mujer en la Iglesia», Ed. San Pablo, Madrid 2021.pág. 267-268

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Acto sobre Pilar Bellosillo en Soria

El sábado 20 de noviembre de 2021 se celebró en Soria, lugar familiar de Pilar Bellosillo, una presentación sobre su vida. El motivo fue que sus paisanos conocieran a esta ilustre mujer y la vinculación con su tierra. Su servicio a la Iglesia en Acción Católica la llevó a impulsar una gran reflexión dentro de la iglesia constatando el hambre de pan, de Dios y de cultura que afectaba en grado sumo a la mujer. Puso en marcha, junto con el equipo de Acción Católica, la Campaña contra el Hambre-Manos Unidas, los Centros Católicos de Cultura Popular y la semana Impacto. Toda su vida estuvo encaminada a la promoción de la mujer, a subsanar sus carencias culturales y la asunción de su papel en la sociedad y en la Iglesia.

Se hizo una breve semblanza por sus múltiples cargos que ostentó por amor a la Iglesia, con el apoyo incondicional de su familia. Se proyectó un Powerpoint con fotos inéditas relacionadas sus ancestros sorianos de Pilar.

Se dio la circunstancia que el acto se hizo en la Iglesia de El Salvador de Soria, templo que fue restaurado por su hermano Paco y donde sus bisabuelos se habían casado.

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Calle Pilar Bellosillo

Hace años, una señora confiando ya en la santidad de Pilar, solicitó al Ayuntamiento de Madrid una calle con el nombre de Pilar Bellosillo. Esto ha sido concedido en un barrio nuevo que se está construyendo en esta ciudad, El Cañaveral. Dias pasados nos desplazamos hasta allí para hablar con la parroquia y que empezarán a conocer a Pilar, de la que esperamos un día llegue a los altares, nosotros estamos convencidos de ello. Pasamos por su calle con la sorpresa que el único edificio terminado es el número 12, un número con gran significado en la Biblia.